—¿Lo mataste? —Encontré a Darian en el camino polvoriento que conducía a la cabaña. Su camisa estaba salpicada de sangre seca, el sudor le empapaba el cuello y los nudillos, rotos y amoratados, delataban la violencia reciente.
—No volverá por aquí —respondió sin mirarme, pasándome de largo con la mandíbula tensa.
—¿Pero lo mataste? —insistí, con la voz rota por la angustia.
No hubo respuesta. Solo el sonido de la puerta al cerrarse detrás de él.
Tuve que esconder las manos en los bolsillos de la