Lo más incómodo no fue la noticia, ni la pequeña mudanza de bolsas y libros. Lo verdaderamente incómodo fue verlo salir de la ducha, con el agua goteando de su cabello, deslizándose en hilos frágiles por su pecho desnudo y muriendo al borde de la toalla atada en torno a su ingle.
De alguna manera, me sentía a salvo con él en la casa, pero, al mismo tiempo, en peligro… en riesgo de tomar más decisiones equivocadas. Nunca fui buena manejando la lujuria, y a lo largo de mi vida había aprendido —n