—Sabía que vendrías —dije con voz baja, casi satisfecha—. Sabía que Lucian, como el perro obediente que es, correría a ti en cuanto me vio salir del bar.
—Te lo advertí, Nyra —replicó él con tono grave.
—No realmente. —Sentía su presencia tras de mí, pesada, inevitable. Yo seguía sentada sobre la tierra y el polvo, con los dedos trazando líneas sin sentido en la ceniza de lo que alguna vez fue la cabaña.
—Ahora todo cambió.
—Sí, en eso tienes razón. —Me sacudí las manos, limpiándome una contra