—¿Cuándo fue la última vez que alguno de ustedes salió de aquí? —pregunté mientras aceptaba el jarrito de metal que me ofrecían. El calor se extendió por mis dedos entumecidos, como un suspiro tibio que intentaba devolverme el aliento. Bebí un sorbo. El líquido era amargo, pero reconfortante. Mientras lo hacía, los primeros rayos del sol se filtraban entre el follaje, tiñendo de oro las hojas y devolviéndole al mundo el color que la oscuridad de las noches anteriores le había arrebatado.
—Vamos