Los caminos del destino
Aquella noche no logré conciliar el sueño. La oscuridad se aferraba a cada rincón de la habitación como una presencia viva, densa y persistente. Los primeros rayos del sol apenas rozaban las paredes, pero no lograban penetrar las espesas cortinas de terciopelo que colgaban pesadas en las ventanas de Amyra. Cuando por fin me atreví a descorrer una de ellas, un estallido de luz cálida irrumpió en la estancia, como si hubiera estado aguardando durante siglos para reclamar aquel rincón sombrío. La c