No conseguía desprenderme de la imagen borrosa de aquel rostro deforme. Era como si se hubiese grabado en mis retinas, persiguiéndome incluso con los ojos cerrados. Me encerré en la habitación y me senté en la cama, con la espalda rígida y los ojos clavados en la puerta. El silencio era denso, opresivo, como si en cualquier momento algo pudiera irrumpir desde el otro lado.
La fatiga y el sueño se colaban lentamente en mis párpados, cada parpadeo se prolongaba más que el anterior, hundiéndome p