Solamente había traspasado la puerta de entrada y ya sentía el corazón apretado dentro del pecho, como si una mano invisible lo estrujara con fuerza. Todo lo que antes destilaba elegancia y opulencia ahora no era más que un escenario sombrío, impregnado de muerte y dolor.
El césped, que en mi recuerdo relucía bajo la luz de las guirnaldas, estaba cubierto de manchas oscuras: charcos de sangre seca y tierra revuelta donde los cuerpos habían caído. Algunos pétalos marchitos de las decoraciones f