—¿Qué… te vas? —Llara me siguió con pasos rápidos hasta el interior de la tienda de campaña, apartando con brusquedad la tela de la entrada. El leve aroma a humo y tierra húmeda se mezclaba con el calor encerrado del pequeño espacio.
—Sí, Llara. —Mi voz sonó firme, aunque por dentro un torbellino me desgarraba—. Espera mi llamada, te diré cuando esté lista.
—¿Cómo? No entiendo… —su ceño se frunció con fuerza y sus manos se alzaron, agitadas—. ¿Qué demonios está pasando? ¿Qué quiso decir con qu