—¿Te vas a quedar ahí toda la noche? —su voz rasgó el silencio como una caricia áspera, cargada de reproche y algo más profundo, más oscuro.
—¿Por qué regresaste aquí? —pregunté, con un nudo en la garganta que se negaba a disolverse.
Entró en la habitación despacio, como si cada paso marcara territorio, como si su sola presencia reclamara el aire mismo que respiraba. La camiseta se le pegaba al pecho por el sudor, delineando cada músculo con descarada precisión. Los jeans descoloridos colgaban