—¿Champagne? —preguntó Eva, alzando una copa de cristal tallado, donde las burbujas doradas subían con elegancia.
—He aprendido a no beber nada que venga de ustedes —respondí sin dudar, con la mirada clavada en la suya.
Ella esbozó una sonrisa serpenteante, elegante y venenosa, y giró suavemente la copa entre los dedos con una lentitud provocadora.
—El negro te favorece —dijo, dejando que sus ojos recorrieran mi vestido como si fuese un trofeo expuesto—. Es bueno que aún lleves luto por mi que