El vapor flotaba en el aire como una neblina densa, cargada con el suave aroma a rosas e incienso. Mis párpados cerrados descansaban, pesados, mientras el agua tibia acariciaba mi piel sumergida. Tenía la cabeza recostada contra el borde de la bañera y el cabello húmedo pegado a mi nuca.
Entonces, lo oí.
Un golpe. Seco. No fuerte, pero lo suficientemente fuera de lugar como para que mi cuerpo se tensara al instante. Abrí los ojos lentamente, conteniendo el aliento. Escuché de nuevo: otro gol