Darío corrió, exultante, directo a los brazos de Esther, quien lo recibió con una sonrisa tierna y lo felicitó con suaves palmaditas en la espalda. Él la miraba con ese brillo infantil que solo surge del orgullo puro. En cuanto se separaron, Alan se acercó con paso elegante y me ofreció su brazo, haciendo una leve reverencia que me hizo sonreír. Acepté, enlazando mis dedos con los suyos, y comenzamos a bailar al compás de la música suave que flotaba entre los murmullos del jardín.
—He visto qu