Días después, impulsada quizás por una culpa tardía, mi madre organizó una ceremonia de despedida sencilla pero digna para mí.
Asistieron algunos familiares lejanos y viejos conocidos, incluso llegaron varios sanadores del centro de sanación donde trabajaba.
Entre ellos, Emilia Duarte, la joven aprendiz que una vez me curó en secreto. Llevaba en las manos un ramo de campanas lunares recogidas en la montaña. Frente a mi lápida, murmuró:
—Perdón… si hubiera tenido más valor, tal vez aún estarías a