Capítulo 42.
—Mírame, Alina.
No pude evitar obedecer. Mis ojos se encontraron con los suyos y, en ese instante, el lobo blanco bajó la cabeza, tomó una rama gruesa con la boca y, con un brusco movimiento de cabeza, la lanzó hacia el árbol en el que había estado practicando. El sonido seco de la madera impactando me hizo dar un pequeño salto. La rama quedó clavada en el tronco, como si se tratara de un proyectil hecho a la medida.
—Presumido… —murmuré, sin poder evitarlo.
Él soltó un suspiro largo, ese