Capítulo 40.
—Eso los detendrá por un tiempo —gruñó papá.
Nos encontrábamos en la sala de estar de la Casa de la manada, después de que los tíos organizaran todo para que en el territorio nadie se quedara sin comer.
El silencio se había apoderado del lugar, solo roto por el roce de los cubiertos contra los platos. Nadie quería hablar demasiado alto, como si cualquier palabra pudiera quebrarnos por dentro.
Aún no se había hecho el conteo total de víctimas ni encontrado todos los cadáveres de ambos ba