Capítulo 39.
Me senté en el escalón más bajo de la Casa de la Manada, con los ojos hinchados y el corazón apretado como si alguien lo estrujara con furia.
El sol descendía lento, tiñendo los árboles de rojo y dorado, y yo apenas lo veía a través de la neblina que me empañaba la mirada.
Había insistido, casi rogado, que el tío Gail lo buscara apenas se desocupara… pero cuando por fin lo hizo, no había nada. Ni huellas, ni un mechón de pelo, ni el cuerpo. Nada. El bosque guardaba silencio, como si nunca