Capítulo 32.

Teodore miró la cerbatana en sus manos, la giró un par de veces y luego se inclinó hacia mí con un susurro:

—Te dije que había aprendido, pero no soy tan bueno en esto.

Le arqueé una ceja, incrédula. ¿En serio iba a decirme eso ahora? Él apenas curvó los labios en una sonrisa ladeada, resignada.

—Está bien… quizá sea mejor que tú. Nunca le di a ningún otro lobo.

Rodé los ojos, pero antes de responder, Darius ya había actuado. Rápido como un rayo, destapó el frasco con la mezcla y empapó la punta de la espina en el líquido verdoso. Sin esperar, encajó la flecha improvisada en la cerbatana.

—No hay tiempo para dudas —masculló, con los ojos fijos en las siluetas que se acercaban desde el claro.

Teodore, más serio ahora, lo imitó, empapando la suya. Ambos dieron un paso al frente, colocándose delante de todos nosotros, sus espaldas tensas como un muro protector.

—No se hagan los héroes —Bart alcanzó a gruñir en un murmullo ronco—. No vale la pena.

Pero ninguno de los dos
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