Capítulo 25.
Me agaché, recogí los guantes gruesos que había metido en mi morral —eran para el invierno, pero ahora tendrían otro uso— y me los puse. Luego, arranqué un trozo de tela del forro de mi falda y me cubrí la nariz y la boca, como había visto hacer a los curanderos cuando manipulaban cosas “raras”.
—¿Ahora qué haces? —preguntó Alderik, arqueando una ceja.
—Medidas de seguridad —respondí con seriedad, aunque por dentro me moría de risa.
Me interné un poco más en el bosque y comencé a recole