Capítulo 130.
En cuanto terminó de salir el sol, mamá y yo regresamos al sitio en donde el resto de la manada ya se encontraba despertando.
Papá nos miró y me dijo que subiera a su lomo como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Anda, pastelito —añadió el Supremo, inclinándose apenas—. No has dormido nada y necesitas descansar esas pequeñas patitas.
No discutí. No tenía intención alguna de hacerlo.
Subí con facilidad y me acomodé sobre su espalda, apoyando la mejilla entre sus omóplatos, justo donde el pelaje era más espeso y cálido. El movimiento de su respiración me arrulló de inmediato. No había dormido sobre el lomo de mi padre en… ¿años? Demasiados como para contarlos sin que se me apretara el pecho.
Partimos casi enseguida. Sentí cómo comenzaba a avanzar, poderoso, constante, como si la tierra misma se apartara para dejarlo pasar. El murmullo del bosque, el ritmo de sus pasos y la seguridad absoluta que transmitía me envolvieron. Todo lo demás —los Renegados, la misión, el peligro— se vol