Capítulo 130.

En cuanto terminó de salir el sol, mamá y yo regresamos al sitio en donde el resto de la manada ya se encontraba despertando.

Papá nos miró y me dijo que subiera a su lomo como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Anda, pastelito —añadió el Supremo, inclinándose apenas—. No has dormido nada y necesitas descansar esas pequeñas patitas.

No discutí. No tenía intención alguna de hacerlo.

Subí con facilidad y me acomodé sobre su espalda, apoyando la mejilla entre sus omóplatos, justo donde el p
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