Capítulo 129.
Cuando finalmente dejé de llorar, no fue porque el nudo en el pecho se hubiera deshecho por completo, sino porque el cuerpo se cansa incluso de sentir demasiado.
El sollozo se apagó poco a poco, como una marea que retrocede dejando la arena sensible y expuesta. Mi respiración aún era irregular cuando sentí el peso firme de los brazos de Alderik rodeándome, sosteniéndome sin prisa, sin exigir nada.
—¿Ya estás bien? —preguntó en voz baja.
Levanté apenas la cabeza, apoyando la frente contra su pec