Capítulo 129.

Cuando finalmente dejé de llorar, no fue porque el nudo en el pecho se hubiera deshecho por completo, sino porque el cuerpo se cansa incluso de sentir demasiado.

El sollozo se apagó poco a poco, como una marea que retrocede dejando la arena sensible y expuesta. Mi respiración aún era irregular cuando sentí el peso firme de los brazos de Alderik rodeándome, sosteniéndome sin prisa, sin exigir nada.

—¿Ya estás bien? —preguntó en voz baja.

Levanté apenas la cabeza, apoyando la frente contra su pecho húmedo. Su corazón seguía latiendo con fuerza, demasiado rápido para alguien que fingía calma.

—No —respondí con la voz ronca—. Pero no porque me sienta mal.

Hubo un pequeño silencio, expectante.

—Entonces… ¿por qué?

Inspiré hondo, dejando que el aire me llenara los pulmones.

—Porque me gusta abrazarte—añadí, casi en un murmullo.

Lo sentí tensarse al instante. Como si cada músculo de su cuerpo hubiera decidido quedarse rígido al mismo tiempo.

Eso me arrancó una sonrisa cansada.

Nos quedamos a
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