Capítulo 113.
La mañana siguiente amaneció fresca, con una brisa que arrastraba el olor de los pinos y el murmullo de un río cercano. Dormí tan profundamente que, al abrir los ojos, sentí el cuerpo ligero, renovado, como si las últimas semanas de tensión hubieran quedado muy lejos. El lobo blanco ya estaba despierto. Levanté mi cabeza para que pudiera salir de debajo de mí. Lo hizo, se estiró, bostezó una última vez y salto para salir del agujero; regresó su mirada a mí solo un segundo antes de alejarse haci