Alderik.
Mientras Alina devoraba con una felicidad casi infantil el pez que mi mejor amigo había conseguido para ella, Liam me tomó del antebrazo y me arrastró unos metros lejos del fuego.
Quería —no, necesitaba— escuchar todo lo que le había contado a Zayn sobre las últimas dos semanas. Se lo repetí sin omitir nada. Cada detalle. Cada herida.
Liam escuchó en silencio la historia… hasta que terminó por darme un puñetazo directo en la nariz.
Lo vi venir.
Y aun así no lo esquivé. Me lo merecía.
Como ya había dicho Zayn, ¿Qué clase de guardián era yo? Estaba avergonzado de mi mismo y de la impotencia de no poder hacer nada mientras veía a Alina desvanecerse una y otra vez.
—Eso es por no cuidar de mi pastelito —gruñó.
La sangre me goteó hacia el labio, caliente. Él no se disculpó; en su lugar extendió una garra y se hizo un corte limpio en la palma. La ofreció frente a mí.
—Toma. Aún tenemos cosas que hacer.
Asentí y bebí la sangre que me brindaba, sintiendo cómo la energía vo