Aldric
Volví a mi forma humana cuando el valle se abrió como una boca negra.
El camino de piedra estaba cubierto de un hielo firme, sin grietas, como si el frío allí no obedeciera a estaciones sino a memorias. El viento no llegaba; el sonido de mis pasos, tampoco. En ese silencio absoluto, la cueva respiraba por sí sola.
Las viejas no necesitaban escoltas. Nadie que supiera de ellas quería verlas dos veces.
La entrada se estrechó, y la oscuridad me lamió el rostro con aliento rancio. Avancé,