Salía de la mansión con una ligereza que no me pertenecía. En mis manos, dos copas de cristal fino tintineaban suavemente, llenas de un vino dulce que Alana había elegido para el brindis. Durante años, mis manos solo habían conocido el peso del acero, el tacto rugoso de la pólvora y la calidez pegajosa de la sangre enemiga. Pero esa noche, por primera vez, sentía que mis dedos estaban hechos para sostener algo delicado.
Tenía una sonrisa estúpida en los labios. Había estado bromeando con Reyk cerca de la entrada sobre cómo ahora, técnicamente, tendría que pedirle permiso para llevarme a su hermana de excursión al bosque. Todo era paz. Una paz extraña, casi asfixiante por lo nueva que era.
Pero entonces, el aire del jardín murió.
No fue un ruido lo que me alertó primero. Fue mi olfato. Soy un híbrido; mis sentidos son una maldición que me permite oler el miedo antes de que se convierta en grito. Y de repente, el aroma a flores y cera de abeja fue devorado por un olor rancio, metálico y