Salía de la mansión con una ligereza que no me pertenecía. En mis manos, dos copas de cristal fino tintineaban suavemente, llenas de un vino dulce que Alana había elegido para el brindis. Durante años, mis manos solo habían conocido el peso del acero, el tacto rugoso de la pólvora y la calidez pegajosa de la sangre enemiga. Pero esa noche, por primera vez, sentía que mis dedos estaban hechos para sostener algo delicado.
Tenía una sonrisa estúpida en los labios. Había estado bromeando con Reyk c