La última frase de Lucian cayó en la habitación, aplastando el aire. El silencio se hizo pesado, denso, un nudo en la garganta de todos. Nadie se movió. Nadie respiró. Yo sentí que el tiempo se había detenido.
Milo seguía en el suelo, retorciéndose. Su pecho subía y bajaba en espasmos irregulares, tratando de cazar el aire. Vi el sudor pegajoso en su piel, ese color pálido, casi gris, que me helaba la sangre. Un hilo de saliva y sangre negra se mezclaba en la comisura de su boca. Sus ojos estab