Desperté con la boca seca y el cuerpo pesado. Un techo de piedra, lleno de vetas pálidas, parecía respirar conmigo. Por un momento no supe dónde estaba. Olía a hojas frescas, a humo dulce y a agua guardada en cerámica. Una luz azul recorría la pared, como si dentro de la roca hubiera un río.
—No te muevas todavía —dijo una voz a mi izquierda.
Eiden salió de la sombra. Tenía el cabello húmedo y la camisa abierta, vendada al hombro. Sus ojos buscaron los míos y se suavizaron.
—Dormiste dos días, A