La palabra quedó flotando en el aire como un golpe: “Es mía.”
Sentí la mirada de Reyk endurecerse y la de Leo encenderse de rabia. Yo no pude moverme. Eiden no apartó los ojos de mí; no era una mirada de posesión, sino de decisión. Y esa diferencia, en medio del humo y la sangre, me confundió.
—Vas a retractarte —escupió Reyk, avanzando un paso.
Eiden no se movió.
—No he venido a negociar.
—Aquí no decides tú —dijo Leo—. Te vas ahora mismo o te arrancamos la garganta.
—Pueden intentarlo —respo