El cuerpo del lobo en el suelo volvió a moverse.
Los músculos se contrajeron con espasmos, las patas se agitaban con torpeza, como si el cuerpo no recordara cómo ser un cuerpo.
El desconocido lo observaba con atención, con la mandíbula tensa y las manos listas. Cuando el animal intentó incorporarse, él lo sujetó del cuello con una sola mano, apretando con una fuerza que parecía imposible.
—No te levantes —gruñó.
El lobo soltó un gemido ahogado, un gruñido corto, y volvió a caer.
El olor a sangr