El aire en la habitación se volvió gélido, una advertencia silenciosa de que la muerte acababa de cruzar el umbral. Daren Kirk entró con una parsimonia insultante, su abrigo oscuro ondeando levemente mientras sus ojos azules, fríos como glaciares, escaneaban el desastre de madera astillada y magia residual. Ignoró a Lena, que tosía de rodillas por el gas, y fijó su atención en el hombre que se interponía entre él y la cama.
Eiden estaba cubierto de sangre, con la respiración entrecortada y los