La sala baja del antiguo ala del consejo olía a incienso de raíces oscuras y a estrategias podridas.
Aldrik se mantenía de pie junto a la mesa de mármol negro, los dedos trazando líneas invisibles sobre el mapa de la manada. Frente a él, Elaria aguardaba en silencio, el ceño fruncido, los brazos cruzados. Su cabello dorado caía sobre los hombros como una corona torcida, y en sus ojos ardía un fuego diferente al de Aeryn: uno hecho de envidia y ambición.
—Así que parte esta semana a su nuevo p