La sala de guerra estaba silenciosa, iluminada solo por el fuego del brasero central. El ambiente se sentía más denso que de costumbre, como si hasta las piedras supieran que algo grave se avecinaba.
Valzrum entró sin ceremonia, con el frasco sellado entre sus manos. Lo colocó en la mesa con un golpe seco, y su rostro, por lo general burlón, no mostraba más que seriedad absoluta.
—Tenemos un problema. Grave.
Frente a él estaban Darién, Cael, Nerysa, Kaelrik, Tarsia, y Sareth, que se mantenía de