El cielo aún era gris cuando el primer cuerno sonó entre los árboles.
En lo alto de las murallas, los arqueros de Brumavelo se tensaron. Sus ojos escudriñaban la niebla, sabiendo que no era niebla lo que venía… sino guerra disfrazada de sombra.
—¡Mantengan la línea! —gritó Darel, el beta de la aldea—. ¡Que nadie dispare hasta que crucen los límites!
En el centro del pueblo, la Llama Sagrada ardía en silencio, sus llamas azules vibrando suavemente. Las runas grabadas en los bordes de los ca