Capítulo 11.

El peso de la caja con mis pertenencias se sentía más triste de lo que me hubiera esperado.

Caminé por los pasillos del hospital con la cabeza baja y evitando las miradas de los médicos con los que había compartido turnos dobles y cafés fríos.

Al pasar por la sala de descanso la puerta estaba entreabierta y el sonido de las risas y el cuchicheo me obligó a detenerme.

— ...es que no tiene vergüenza — decía la voz de una de las enfermeras, cargada de veneno — Mírala, presentándose hoy a recoger s
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