80.
El trayecto en el vehículo blindado se sintió como un desfile fúnebre. Yo mantenía la vista fija en mis manos, apretando el pequeño cristal que Nicolás me había regalado, convencida de que nos dirigíamos a algún refugio seguro o quizás a otra clínica alejada del ojo del huracán.
Pero cuando el coche redujo la velocidad y los pesados portones de hierro forjado se abrieron, el corazón se me detuvo.
— Nicolás... — mi voz salió como un hilo de aire — Este es el territorio del patriarca. ¿Por qué es