66.
El impacto sacudió la oficina prefabricada con un estruendo sordo, el metal de la lámina del techo crujió y se torció hacia adentro como si una bestia de media tonelada acabara de aterrizar sobre nuestras cabezas.
El polvo cayó del techo ensuciando mis cabellos y mezclándose con la sangre de mi brazo, pero en lugar de encogerme de terror, sentí una extraña y eléctrica calma.
Mi cuerpo, que había estado al borde del colapso, reaccionó a esa vibración. No era el miedo lo que recorría mi columna,