67.

El estruendo en la pequeña oficina era ensordecedor. El metal de las paredes devolvía el eco de los disparos y los gruñidos de la jauría como si estuviéramos dentro de una campana golpeada por un martillo. Cerré los ojos con todas mis fuerzas, encogiéndome sobre la mesa de metal

intentando hacerme lo más pequeña posible mientras el olor a pólvora y sangre saturaba el aire. Sentía el calor de los proyectiles pasando cerca, el silbido de la muerte rozándome la piel en cada rastro de viento que e
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