61.
(Narra Freya)
El frío del suelo de metal de la furgoneta se filtraba a través de mi ropa, recordándome con cada bache que mi libertad había sido un espejismo cruel. Mis manos, atadas a la espalda con una cuerda de nylon que me quemaba las muñecas, estaban entumecidas, pero el dolor físico era un susurro comparado con el estruendo de mi pánico.
Mi brazo lesionado dolía como el carajo
El espacio olía a óxido, a gasolina y a ese rastro almizclado y sucio de las hienas. Mis captores estaban sentado