62.
El frío de la hoja de metal rozó el borde de mi máscara, y sentí que el tiempo se dilataba, volviéndose denso como el petróleo. Mi respiración era un galope errático contra la tela. El líder castaño me observaba con una fascinación sádica, convencido de que estaba a punto de desvelar el tesoro más preciado de los Montesco.
Tenía el corazón en un puño, pero no por la razón que él creía.
— Vamos a ver — susurró él, con una sonrisa de victoria — si el mundo se detiene ante tu rostro, pequeña Luna.