Capítulo 69. La ventana que no duerme.
El beso seguía en su boca, como si hubiera dejado una marca invisible que ni el agua fría podría borrar. No sabía si sentir vértigo o alivio. Lo único que sabía era que el mundo se veía distinto bajando del mirador, como si cada farola, cada curva en la carretera, guardara un secreto nuevo.
Llegó a casa tarde, más de lo que debería. Las luces de la fachada ya estaban apagadas. Entró por la puerta lateral para no hacer ruido, pero el piso de madera crujió igual.
—Llegaste tarde —susurró una voz