Pasaban los días, y la herida en su mano mejoraba, incluso la fiebre desapareció, pero no así los sueños extraños que la atormentaban.
Cada vez que se quedaba dormida, se repetía en su mente el sueño en el que Omër, vestido como lo haría un príncipe árabe, la besaba y miraba con una atracción que le ponía las rodillas flojas y el lugar entre sus piernas húmedo.
¿Se estaba volviendo loca?
Se preguntaba a diario.
Y sin embargo, no hallaba respuestas a su interrogante.
Por lo tanto, queriendo saca