Su secretario, Abdul, le tuvo lista la información que quería en menos de veinte minutos.
El prometido de Susan era un tal Philip Morris, un empresario norteamericano, cuya de una compañía de construcción estaba en crisis, y además, se comentaba en los altos círculos, que el propio Morris estaba prácticamente en bancarrota.
Omër sonrió.
El tan aclamado “ prometido” era una rata. No un verdadero hombre.
El sujeto era más bien delgaducho y de nariz ganchuda. Lo único que lo recomendaba eran sus a