Ariadna mantenía la vista fija en la ventana, sin atreverse a mirar a Maximiliano desde su vergonzoso intento de revisar su bolsillo.
Él, por su parte, conducía con su habitual calma impenetrable, aunque en la comisura de sus labios había una sonrisa apenas perceptible.
Cuando el edificio del notario apareció a lo lejos, Ariadna exhaló lentamente. Era momento de hacer esto.
Maximiliano estacionó y apagó el motor sin prisa.
—Vamos —dijo con tranquilidad, saliendo del coche.
Ariadna se apres