Ariadna se quedó inmóvil frente al espejo, rodeada de un mar de blanco. El satén del vestido caía sobre su cuerpo. El primer vestido que había probado.
No necesitaba más. No quería más.
Tres empleadas se movían a su alrededor con rapidez y precisión, ajustando la tela en su cintura, colocando alfileres aquí y allá, murmurando entre sí sobre los detalles del corte y el encaje.
Al otro lado del salón, su madre y su hermana Aisha estaban sentadas en un elegante sofá de terciopelo. Ambas la obser