Este no era un contrato financiero.
Era su matrimonio.
No el matrimonio que hubiera elegido, claro. Pero ahora era su realidad.
Respiró hondo y apoyó la pluma sobre el papel, dejando que su mente organizara lo que realmente quería de este acuerdo.
Sabía que Ariadna intentaría imponer sus propias reglas. Probablemente buscaría evitarlo a toda costa, marcar límites y encerrar su convivencia en términos que la beneficiaran solo a ella.
Pero él no iba a permitir que todo se hiciera a su manera