Ariadna Valdés estaba al borde de un abismo que nadie en la sala de cuidados intensivos podía ver, pero todos sentían. Su cuerpo temblaba bajo la manta hipotérmica, el sudor empapándole la piel pálida mientras las máquinas a su alrededor pitaban en un coro desesperado.
Habían pasado minutos desde que Leonardo entró, arrodillado junto a su cama, sosteniendo su mano con dedos temblorosos, pero el tiempo parecía estirarse en una eternidad de angustia. La fiebre había trepado a 40.5°C, un calor que