Leonardo Valdés caminaba por los pasillos del Hospital St. Mary como un toro enfurecido. Habían pasado horas desde que el doctor Harris les dijo que Ariadna no quería verlos, horas desde que Maximiliano se desplomó en llanto y él se marchó, jurando no quedarse de brazos cruzados. Su hija estaba al otro lado de esa puerta, luchando por su vida, y él, su padre, estaba atrapado afuera como un extraño. No lo iba a tolerar. No después de perder a su nieta, mientras Ariadna colgaba de un hilo.
Había