Ariadna caminó con rapidez por el pasillo.
Su corazón latía con fuerza, el enojo nublándole la vista.
Pero antes de llegar a la puerta principal, una sombra se interpuso en su camino.
Maximiliano.
Bloqueando la salida con su cuerpo, su postura firme, sus ojos oscuros clavados en ella con una intensidad que la hizo estremecer.
—Muévete —espetó Ariadna, su voz temblorosa por la ira contenida.
Él no lo hizo.
—No.
Ariadna apretó los dientes y dio un paso hacia un lado, intentando esquivarlo, pero él