Había dormido mal, otra vez, con las preguntas dando vueltas en mi cabeza como un torbellino: el perfume, la mancha de labial, la distancia de Leonardo.
Me levanté temprano, mi vientre pesado con Ariadna y Aisha, que parecían más inquietas que nunca, como si sintieran mi propia tormenta. En la cocina, preparé un té mientras Leonardo se vestía, pero con esa sombra en los ojos que ya no podía ignorar. Me acerqué a él en la entrada, forzando una sonrisa que ocultara el nudo en mi pecho, y lo despe