La sala VIP del aeropuerto era un maldito mausoleo de lujo: paredes de cristal esmerilado, sofás de cuero negro, una barra con botellas que costaban más que mi renta. Pero no estaba aquí para admirar la decoración. Estaba atrapada, furiosa, con el corazón latiéndome en los oídos mientras Leonardo, ese bastardo arrogante, estaba de pie frente a mí, con su traje impecable y esa sonrisa que me hacía querer arrancarle la cara. Había cerrado el maldito aeropuerto para encontrarme, como si fuera una