El avión aterrizó en Londres con un estruendo que apenas rozó la mente de Maximiliano Valenti. El vuelo había sido una agonía silenciosa, sus manos apretadas contra las rodillas hasta que los nudillos se le pusieron blancos, las palabras de la llamada del hospital resonando como un tambor roto: "Cesárea de emergencia. Estado crítico. Una niña… no sobrevivió." Desde entonces, un zumbido amargo le llenaba la cabeza, y cada respiración era un esfuerzo que le raspaba el pecho como si estuviera trag